Resaca universitaria

10 Jun

Se hace extraño pensar en los nervios que sentía hace tan solo 48 horas. Solo un par de días después estoy frente al ordenador, a las 7 de la mañana. Como siempre, sin poder dormir y con una sensación desconocida. Quizá se le podría poner nombre: incredulidad. Solo un acontecimiento relevante ha sucedido en este intervalo de tiempo: he terminado todos los exámenes de mi carrera de Periodismo. Vamos, que soy lisensiada.

En estos momentos estoy sumergida en una especie de resaca única en su especie. Más que dolor de cabeza, lo que tengo es sensación de agotamiento. Mi mente se llena de recuerdos de estos cinco años que han durado un suspiro como si lo hiciera con los fragmentos de la noche anterior. Una resaca dulce y que me trae sensaciones de lo que podríamos denominar los cinco mejores años de mi vida. Porque si algo tengo claro es que venir a estudiar a Madrid ha cambiado por completo no ya mi experiencia, sino a mí. Y para bien.

Una mente abierta, aprender a disfrutar del estudio, aumentar la curiosidad, saber qué leer, entender la importancia de cómo decir. Pero sobre todo, las personas. Creo que es imposible describir por escrito todo lo que he ganado en esta bendita capital, en esta bendita facultad, en mi querido bloque de hormigón. Y si se puede, quizá me hagan falta otros cinco años para llegar a expresarlo con acierto. Caerse para levantarse ha sido también una tónica habitual en el proceso de aprendizaje. Y quinto curso el mejor año para disfrutar de lo aprendido. Ha sido como la vuelta a casa la noche anterior, aún bajo los efectos del alcohol. Mucho cansancio, deseando llegar a casa, descansar, quitarte los zapatos y acomodarte, pero con una satisfacción por todo lo que has disfrutado, has reído, has querido.

Mi resaca es peculiar. Quizá porque ha sido una de esas que pasas en pocas horas, ya que la incapacidad de dormir más provoca que no hayas asimilado bien todo lo ocurrido. Aún quedan dos semanas llenas de prisas, en busca de un vestido, de unos zapatos… Visitas de papá y mamá, acto de graduación. Arriba, abajo. Seguimos sin parar. Para colmo, habrá ausencias. Grandes ausencias. Cuando estemos allí, en aquel gran salón, echaré de menos a mi lado a mi rubia y mi extremeña. Seguro que a mucha más gente, pero en especial a ellas. Más cuando la primera parte de esta gran y extraña resaca la he pasado a su lado, como hacíamos antes, disfrutando de los placeres de la vida: de hablar, de comer junto a amigos de verdad, de sincerarse, de reírse y, si hace falta, de llorar. Va a ser extraño estar allí sin ellas, celebrando el final de una etapa en las que han sido dos grandes protagonistas.

Pero aún no debemos ponernos melancólicos. Es momento de disfrutar y de asimilar poco a poco que esto se ha acabado. No hay que hacer un drama. ¿Cuántas personas acabarán estos días también sus carreras? Soy realista, y sé que es un hecho sin más. Pero para mí significa muchas cosas, va más allá de no volver a hacer exámenes para esta licenciatura. Representa el cierre de un ciclo que ha marcado mi vida, que me ha cambiado y me ha convertido en la persona que soy ahora.

Hay pocas cosas que me quedan claras. Pero una es incuestionable: he aprendido muchísimo. En una constante escucha de los defectos de la enseñanza pública, de los profesores incompetentes, del fracaso universitario, yo no puedo decir otra cosa más que estoy tremendamente agradecida de cada minuto de estos cinco años. Desde las tardes en las que te saltabas las clases en primero para tomarte una cerveza en nuestro mítico césped hasta las horas interminables en las que pierdes el tiempo con ese tipo de profesores… sí, ya sabéis a cuáles me refiero. Pero es que incluso del peor maestro del mundo se puede aprender, empezando por cómo no se deben hacer las cosas. Un cambio de chip ayuda a ver desde otro punto de vista asuntos que van más allá del aprendizaje inmediato. Quizá con un poco de reflexión se valore más todo lo que nos ha aportado cursar esta carrera.

Y aquí estoy yo, en esta primera etapa de mi particular resaca. Con los pensamientos aún dispersos, con las piernas doloridas y el cuerpo entumecido, con mi cámara fotográfica incorporada pasando una a una las diapositivas de todas las experiencias que recojo, con todo lo que ha aprendido adherido a mí de forma irremediable, con ganas de seguir disfrutando, pero con ese sabor de boca que te dejan las grandes fiestas. Añoraré, seguro, estos cinco años. Me acordaré toda mi vida de cada curso, de las personas que pasaron por mi vida, de cómo me fui moldeando, de cómo fui adentrándome en la profesión que nació como excusa para acercarme a las letras y me ha enamorado como pocas cosas lo pueden hacer. Muchos dicen arrepentirse de haber estudiado esta carrera. Yo no puedo estar más contenta con la elección que tomé hace cinco años, cuando tuve que decidir qué iba a ser de mi vida a partir de ese momento.

Ahora solo queda una opción. Coger todo lo que me llevo, echarlo a la espalda y seguir adelante. No sé qué llegará, ni por dónde torceré en el camino. No me gustan los grandes objetivos sin sentido y, siendo sincera, no sé dónde quiero estar. Pero sé dónde no quiero estar. Partiendo de aquí, tengo mucho ganado. Más de lo que pueda aparecer. Esto es solo el comienzo de otra etapa, o la continuación del resto de mi vida, pero supone un punto y aparte claramente marcado, que puede que dé un giro importante al hilo argumental de la vida de Lorena. O no.

Solo queda caminar, seguir disfrutando de los pequeños placeres y buscar el grande, el que te haga feliz. Seguir escribiendo para lograr la satisfacción de un texto cerrado, seguir locutando para que la emoción y la presión de estar en directo no se desvanezca, probar lo que aún no he tocado, aprender a no decir que no solo por prejuicios. Tolerar, escuchar, comparar y, sobre todo, aprender. Siempre seguir aprendiendo. Bendita fiesta y bendita resaca.

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