Lo que les hace grandes

17 Dic

Lo de anoche no lo podré olvidar fácilmente. Yo fui una de las asistentes a la cuarta noche en La Riviera madrileña protagonizada por los Vetustos. Fan incondicional de Un día en el mundo, decidí dejar de escucharles durante una buena temporada por miedo a indigestarme, como ocurre cuando aborreces algo exquisito tras abusar de su ingesta. La cosa cambió cuando se anunció que pasarían por esta sala de la capital de la que tantas noches guardo en mi memoria. Decidí retomar sus poesías hechas canción para disfrutar aún más del concierto. Pero no hizo falta, al ponerme a repasar sus dos discos y los temas de sus demos me di cuenta de que, sin darme cuenta, las tenía memorizadas perfectamente en algún lugar de mi cabeza -y me atrevería a decir que también de mi corazón-.

Calidad. Eso es lo que podría definir la actuación de ayer. Un grupo que suena igual que sus grabaciones, incluso mejor. La voz de Pucho insuperable, las guitarras, la batería, toda la percusión. Y la luz que da vida a Vetusta Morla. El juego que permite la iluminación en el directo es impresionante. El amarillo, el azul y el rojo. Los cambios conjugados a la perfección con las notas, la forma de dirigir la atención del público al lugar adecuado en el momento oportuno. La música, el ritmo, la voz transmiten la energía de los madrileños; la luz también.

El gran descubrimiento de la noche fue Jorge González. En una banda la atención de la mayor parte del público recae sobre el cantante, por razones obvias. Raro es el caso en el que otro de los componentes toma mayor protagonismo por su carisma o por alguna razón que lo hace ser más visible. Por supuesto, estamos generalizando, por mucho que odie ese verbo. Pucho es grande, muy grande. Solo con su voz me tiene ganada, pero además pone pasión a su actuación. Lo vive y lo transmite, cosa imprescindible en cualquier rama artística. Sus giros, sus paseos por el escenario, sus continuos movimientos que me hacen creer que estamos bailando al mismo compás, su cabeza tocando la melodía que le envuelve, se deja llevar. Sin embargo, el percusionista del grupo ayer me impactó sobremanera. Jorge es pura felicidad, sin más. Desde abajo veía a un músico que sentía lo que estaba tocando, que formaba a su vez parte del público asistente, que cantaba las letras redondas que Pucho recitaba acompañado de su hilo musical, que resplandecía con una sonrisa en su cara, que daba el toque definitivo con sus instrumentos a las canciones perfectas.

Vetusta Morla se preocupan por su público, y se nota. Cada concierto tiene que ser especial, siempre te sorprenderán. Nosotros agradecemos profundamente este interés, que tengan en cuenta a la otra parte del binomio. Porque la música, como ocurre con el resto de ramas artísticas, es cosa de dos: el músico y su público. Es una relación de dependencia, que lejos de ser negativa es absolutamente necesaria. Ninguno podría vivir sin el otro y se buscan, y la magia surge cuando se encuentran.

Los 6 son muy grandes. Y lo que les hace grandes son muchas cosas: su poesía transformada en canciones, su perfecto control de cada una de sus composiciones, su directo abrumador, su perfecta compenetración, los instrumentos que les caracterizan y ponen un tono de color más, las sorpresas que se esfuerzan por dar a sus seguidores…

Ayer me impresionaron con ‘El hombre del saco’, energía a raudales que transformó una canción buenísima, pero no de mis favoritas, en una de las que más me llegó durante el concierto. Convirtamos el veneno en medicina, decía Pucho. Vetusta Morla me transmiten mucho más que su música. Sus letras me dan esperanza, me hacen darme cuenta que un mundo mejor es posible. Su éxito significa que algo está cambiando, que cada vez somos más los que pensamos así, que sigue habiendo gente buena ahí fuera, aunque a veces cueste encontrarlos.

Poco más me queda por decir para explicar mi gratitud por la noche de ayer. ‘Maldita dulzura’ vino de la mano de Anni B Sweet, pero lo que realmente me puso los pelos de punta y las lágrimas a punto de escapar en un río que recorriera mi rostro fue la versión preciosa de ‘Al respirar’. Un violín que daba el toque perfecto a la canción. Una lástima que en conciertos con este aforo no se pueda evitar que la gente siga coreando. Aún así el sonido era increíble y se podía escuchar y disfrutar cada giro en el tono, en el ritmo. Una noche para recordar. Una velada en la que la voz se iba a medida que avanzaban las canciones, los saltos cada vez eran más altos y las sorpresas más satisfactorias. La sonrisa de nuestras caras nunca se iba. Me despido ya agradeciendo especialmente la colaboración del Sr. Bidón, la energía de los Vetustos y el impresionante final con ‘La cuadratura del círculo’.

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