Un monárquico en zapatillas

13 Dic

Para Ángel García la parada de metro de Ciudad Universitaria es como su segunda casa. No le localizo cuando me acerco a la esquina donde suele pedir limosna día sí y día también: su esquina. Las camareras de la cafetería del subterráneo dicen que le busque, porque hace un rato se había pasado por allí. Con sus zapatillas de andar por casa y su chaqueta de siempre está sentado fuera, en la parada del autobús, descansando, que abajo no hay bancos.

Muestra una sonrisa que ilumina su rostro a la espera de que comience el cuestionario, sin inmutarse lo más mínimo cuando así sucede. No quiere que le invite ni a un mísero café, insiste en que continuemos sentados allí mismo. Asturiano de nacimiento, aunque Madrid siempre ha sido su hogar. Cuenta con ochenta y tres años de experiencia en el arte de vivir, orgulloso de ser un católico ‘de los de verdad’.

Comienza a contar su historia: señala con exactitud plasmante fechas que le marcaron. Una de ellas, es comprensible: su primera comunión la celebró en el mismo mes en que España entró en la guerra fratricida que él tan bien recuerda, pese a tener tan solo 9 años por aquel entonces. Cuando todo acabó, tres años más tarde, en 1939, Dios le inspiró. Explica que su primera confesión le salió bien, pero que hasta ese mismo momento creía que tenía demasiados pecados como para que asi fuera. Después hizo voto de sangre: daría la vida por defender los dogmas de la santísima virgen. ‘Fue el día más importante después de la confesión y la eucaristía’. Habla de la virgen como si no existiera otra cosa en el mundo, se enamoró de su cara en cuanto la vio en el Convento de las Madres Mercedarias. Y esta pasión queda manifiesta desde el primer momento en el que Ángel se dirige a ti; su despedida siempre va acompañada de una bendición en su nombre.

La gente que espera junto a nosotros a que llegue el transporte público se queda mirando extrañada. Unos echan una sonrisa al aire, como intuyendo la cantidad de cosas que un hombre así puede contar; otros, por el contrario, parecen desaprobar que una chica joven converse con un anciano que no va lo suficientemente arreglado: está mal visto. Parece que Ángel no observa el entorno, contesta a las preguntas de forma concreta en la mayoría de las ocasiones, extendiéndose en mayor o menor medida dependiendo de la importancia que él le conceda a cada una: se entretiene. Cuando un tema le parece interesante, fija sus ojos en los míos y parece que busca la aprobación de sus afirmaciones, me quiere hacer comprender que su verdad es la buena, que lo que él dice es lo único que vale. Su mirada, pese a hallarse hundida en su rostro debido a la vejez, luce de tal manera que llega a penetrar en la persona con la que conversa; su barbilla sobresale como las de los ancianos que dibujamos de forma exagerada en el cuaderno desde que somos pequeños; su pulso es inestable, en alguna ocasión el cigarrillo que sujeta en su mano derecha está a punto de perder el equilibrio.

‘Hasta el 36 España estaba estupendamente’

Nunca se ha casado, nunca ha tenido novia: es la única cuestión que parece incomodarle. Con una seca negación deja entrever que está deseando cambiar de tema, fijando la vista en el horizonte, pensativo. Aún así, sigue sin inmutarse: su cuerpo no da señal alguna de encontrarse a la defensiva, ni de querer cambiar el tono de la entrevista. En la actualidad vive en una residencia. No le queda más familia que su hermana, con la que no tiene relación. Su enemistad se debe a que le birló la herencia, pero él no la culpa a ella, sino a su marido. Durante mes y medio, y enviado por el SAMUR, Santa Engrancia fue el centro donde le acogieron. Pero el Ayuntamiento de Madrid le informo el pasado enero que tendría que mudarse a San Martín de la Vega, al sur de Madrid. Anteriormente, compartió piso durante diez años con un matrimonio y sus dos hijos, ‘muy honrados y trabajadores, nada de drogas y alcohol’.

Ciudad Universitaria es su destino todas las mañanas desde hace ya cuatro años, pese a tener que realizar para ello un viaje de una hora de duración. ¿El motivo? ‘Me dan hasta billetes de 20 euros’. En otras estaciones como San Bernardo o Bilbao parece ser que no había tanta suerte. Cinco horas diarias observando a los estudiantes, que se dirigen veloces hacia sus clases, tomándose un café, leyendo el periódico o sentándose un rato en la parada del interurbano, como ahora mismo. Ese es su día a día, excepto los domingos, que hay que ir a misa. Los vigilantes del metro ya le conocen y en la cafetería dicen que es como de la familia. Al oírlo Ángel de mi boca me pregunta si de verdad me han dicho eso. Cuando se lo confirmo le brota inesperadamente una risa sincera y complacida por saber que la gente le tiene verdadero cariño. Inmediatamente tose profundamente. Dice fumar casi dos paquetes diarios; no es de extrañar si todos los tira a medio acabar, como el Ducados que sujetaba minutos atrás.

Antes de convertirse en asiduo de las esquinas del metro, trabajó como repartidor del ABC y como conserje de Banesto alrededor de diez años. ¿Quién le iba a decir que se encontraría aquí cuando en su juventud viajaba en el coche de su primo con el almirante Moreno, que fue tras la guerra ministro de Marina? ‘Ese día nadie se podía meter con nosotros’.

‘La música tiene que tener armonía, ritmo y melodía. Ahora hay ruido de Satanás.’

Desayuna y come fuera, y solo a veces llega para la merienda a la residencia. ¿Y de dónde saca el dinero para todo? De la gente que le ayuda con lo que puede, a veces incluso le llevan comida. No piensa que haga nada malo pidiendo, pese a que tenga lo suficiente para pagar la asistencia en el centro y aún así desaproveche la mitad de la alimentación que le ofrecen. Es el único de San Martín de la Vega que lo hace, y así es mejor, que no tiene competencia. Se ríe mientras me lo dice; no es consciente de que muchos no le darían nada si supiesen cuál es su situación real. Parece un niño: sin malicia aparente, simplemente no cree que su actuación pueda ser reprochable. Sigue tosiendo cada vez que alza un poco el tono de voz o gesticula con entusiasmo: serán los dos paquetes diarios. Cuenta lo injusto que es el hecho de que se tenga que apañar con los 20 euros que le sobran de la pensión tras el desembolso mensual por la residencia; quiere ir a la churrería a las 7 de la mañana, como hacen sus compañeros. Lo llama necesidad, y no hay quien le haga entrar en razón. Además dice que aquí lo pasa mejor y encima le dan dinero. Eso sí, cuando un cura le ofreció un billete de 50 euros no lo acepto, ya que ahora a la Iglesia no se le paga por su actividad, como antiguamente.

Durante toda la conversación el tema religioso tiene un claro protagonismo, pero ante las noticias de abusos sexuales a menores cometidos por algunos curas deja la palabra a su santidad el Papa, ya que lo que él diga va a misa. Tiene otra pasión: la reina. La monarquía para él es sagrada, pero parece tener una fascinación especial por doña Sofía. Le gusta que sea tan encantadora, fina, elegante, moderna, ‘moderna sin pecar’, aclara. Sorprende que un rato más tarde confiese que para él el hombre siempre tendrá más talento que la mujer, ¿o acaso miente San Pablo en su evangelio? Mentalidad anclada en un pasado con otra educación. No le parece mal que las mujeres trabajen, pero como complemento a su labor como amas de casa. Sobre los homosexuales opina que son peores los fascistas. Los entiende, pero no le gusta nada eso de que puedan adoptar niños. Una mujer se acerca al oír esto y se ríe. Es el precio que se paga por realizar una entrevista en plena parada de autobús. Ángel le pregunta si le hace gracia, a lo que la señora le responde que no; lo que ocurre es que está de acuerdo con él, le parece que tiene mucha sensatez. Lejos de aprovechar este apoyo, el entrevistado sigue exponiéndome sus opiniones: un miembro de la sociedad que no persigue la aprobación del resto, raro de encontrar en los tiempos que corren.

No ejerce su derecho al voto, pero si lo hiciera elegiría al PSOE, los del PP son, a su juicio, ‘unos fascistas, hipócritas y falsos’. Le parece deleznable que el gobierno y la oposición no actúen en conjunto frente al terrorismo, cuando Aznar, Acebes y Rajoy, recuerda, hace unos años hablaban de que ETA estaba agonizando. Conoce muy bien la actualidad, maneja nombres y apellidos del gobierno actual y de los anteriores; también de los políticos de otros países. Lee el periódico todos los días, pero solo consigue ponerse de mal humor por las inmoralidades y tonterías que dice encontrarse en él.

Apasionado del cine, pero del de antes. Me habla de los actores y actrices que más le gustan, sin problemas para pronunciar sus nombres en inglés. Describe detalladamente escenas de algunas de sus películas favoritas como El signo de la cruz, Los diez mandamientos o La canción de Bernadette, todas de índole religiosa. Sin embargo, asegura que no es la única temática que le interesa. Comenta las grandes actuaciones de Fredic March, Charles Laughton, Claudette Colbert o Ellisa Landi, que le sigue pareciendo una de las mujeres más hermosas de la gran pantalla. Es asombroso como recuerda absolutamente todos los nombres de los actores y directores, alabando la realización de los largometrajes. No solo le gustan o disgustan las interpretaciones, sino que habla de lo bien que está hecha una película o el acierto en conseguir determinados planos y secuencias. En la actualidad cree que el séptimo arte está lleno de obscenidades, salvo alguna excepción. Aún así, no aprecia la trayectoria y el guión que se utilizan ahora para llevar a cabo las cintas; lo de antes sí que era cine.

Amante también del circo y las variedades, el teatro, la música clásica, etc., se apena por no disponer de una oferta de canal televisivo que le satisfaga en sus hobbies. Especifica que con música clásica no se refiere únicamente a la de cámara o filarmónica, sino a la de hace unos años, incluyendo desde un boogie-woogie a un bolero de Machín.

Una hora da para mucho. Me despido de mi entrevistado y me da las gracias, como si le hubiera hecho un favor. Me alejo mientras me regala una de sus cálidas sonrisas. Sus prendas de abrigo me recuerdan una de sus últimas frases: ‘Yo no soy de la tercera edad, soy de la cuarta. Estoy en el invierno de mi vida’.

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